Quiero aprovechar una tarea puesta a mis alumnos de guión de la Universidad de La Sabana para rescatar un texto que escribí hace muchos años sobre mi abuelo materno: Antonio José Betancur Gómez. Mi abuelo era uno de esos caballeros que ya no existen, un ser humano incomparable y un gran ejemplo de vida para muchos que tuvimos la suerte de conocerlo.
Hace ya dieciseis años escribí para él un relato tipo semblanza que, afortunadamente, pude compartirle en vida y del que sólo dijo: “Mijo, así es, esa es la pura verdad”. Dos años después tuvimos que despedirlo y, como lo sospechaba, me tocó llenarme de valor para intentar leer el texto en su funeral antes de que mi voz se quebrara tanto que se volviera inaudible. Muchas veces quise revisarlo, corregirlo, escribirlo mejor hasta llegar a la conclusión de que sólo se escribe bien cuando nos enamoramos de las letras.
Con mucho cariño para mi abuelo, ese gran hombre que tanto nos enseñó, comparto con ustedes este texto que alguna vez escribió un cinéfilo aficionado de pelo largo.
VIEJO MI QUERIDO VIEJO
En aquella foto de 1982, Antonio José extiende su mano a su pequeño nieto solicitándole el sombrero que, éste en un gesto de picardía, le ha arrebatado. En el rostro del niño se dibuja una amplia sonrisa que armoniza con esa expresión de ternura que tanto caracteriza a su abuelo.
Actualmente el pequeño de la foto, mi hermano Mauricio, tiene quince años y ha superado en estatura a su abuelo, que aún conserva el mismo aspecto físico de siempre, que de alguna forma nos recuerda el quijote de Cervantes: delgado, canoso, héroe de mil batallas, pero con la misma expresión amable que siempre luce ante quienes se presenta diciendo: “ mucho gusto, Antonio José Betancur para servirle”.
Todos los días, Antonio José se levanta a las cinco de la mañana para la misa matutina de la parroquia del barrio La Floresta y todo el día camina afanado haciendo “vueltas” que a veces él mismo se inventa. Desde hace muchos años cuando Mauricio o yo nos vamos para algún campamento o paseo, mi abuelito llega a la casa para decirle a mi mamá: “Mijita como los muchachos no están yo le compro la leche”. Mi abuelita no se cansa de regañarlo porque él no soporta sus largas visitas, a los diez minutos de haber llegado, empieza a acosar, pues tiene unas cositas muy importantes por hacer. Parece increíble que tenga 87 años.
Hace un año todos quedamos perplejos cuando nos comunicaron que el abuelito, que a su edad ni siquiera usa lentes, había tenido un paro cardíaco y estaba en grave peligro. Fueron dos meses de angustia pensando en lo duro que seria perderlo, pero el viejito, veterano de otras guerras, salió airoso también de esta batalla. En su recorrido ha despedido a todos sus hermanos y a varios parientes cercanos (hasta el cuarto o quinto grado, según él), pues hasta el primo quinto por parte de su papá recuerda con cariño a aquel señor bondadoso del saco, el sombrero y la corbata. Por esta razón pudimos ver un desfile de “familiares lejanos” que ni siquiera conocíamos y querían saludar a don Antonio, al tiempo que él le decía a los médicos que lo dejaran salir rápido porque tenía muchas cosas que hacer.
Antonio José no deja su indumentaria por nada del mundo. En sus recorridos habituales por la Floresta, que cada vez son más cortos como consecuencia del infarto, siempre se ve con su “cachaco” aunque solo este haciendo un mandado. Recuerdo la risa que nos produjo cuando hace cinco años, en un viaje a Cartagena se negaba a salir en pantaloneta y desfilaba por la playa en chanclas, con camiseta, medias largas y cachucha; acertó mi papá al decir que parecía Jacques Cousteau.
El mes de abril para él es de suma importancia. Desde el primer día comunica alegremente a todos sus amigos que “el día del idioma me van a partir una tortica por el cumpleaños”.
- ¿Cuantos me pone? Pregunta a su interlocutor.
- Más o menos setenta, le responden.
- No señor, ochenta y tantos, responde con satisfacción.
- Eh Ave María, don Antonio, usted sí esta muy conservado.
Y el viejo sonríe con orgullo, pero del bueno, porque todos los días agradece a Dios que lo deje vivir, pues fue su apego a la vida el que lo salvo en los momentos difíciles. “Yo le dije a mi Diosito que no me quería ir, pero que si quería, me llevara”. Para nuestra fortuna ése no fue el momento.
Lo he visto llorar en varias ocasiones, especialmente cuando recuerda a mi tía, que ya murió hace diez años, pero a quien recuerda constantemente; no evita el llanto ni lo esconde, pues no ha aprendido a ocultar sus sentimientos; cuando intentan decirnos “mentiritas piadosas” basta mirar el rostro del abuelito para descubrir la verdad, él no aprendió a mentir.
Esta mañana vino a preguntar por mi mamá y después de tomarse un vasito de leche y preguntarme también por la universidad, se despidió diciendo que tenía que ir a la América a hacer unas vueltas urgentes. Salió a la calle saludando a quienes lo conocen y caminando a su ritmo, muy especial, despacio pero con mucho afán, intentando disfrutar al máximo esa vida de la todavía está tan enamorado. Sept. 1994
Amaste tanto la vida, que no quisiste morir sin dibujar una sonrisa en tus labios y expresar tu afecto a quienes aun te queremos.
Tu ejemplo constante a través de toda la vida, tu forma de ser y tu cariño inagotable; no nos permiten llorar por ti, si no descubrir que ahora estas más vivo que nunca. Velorio de mi abuelito. 1996


