Fantasmas y parásitos- sobre “Parasite” de Bong Joon Ho

Resultado de imagen para parasite filmUn parásito es un organismo que se alimenta de las sustancias que elabora un ser vivo de distinta especie, con lo que suele causarle algún daño o enfermedad. Un fantasma es una figura irreal, imaginaria o fantástica y normalmente incorpórea, que alguien cree ver. “Parasite”, la nueva película de Bong Joon Ho transita tranquila y armoniosamente por ambos conceptos para dar su punto de vista sobre una sociedad en la que las cosas rara vez son lo que parecen. El fantasma y el parásito no incomodan, mientras sean invisibles.
Esta película, en mi concepto la mejor de 2019, llega a la cartelera colombiana esta semana con una lección magistral de cine que va más allá de los géneros canónicos para presentar una historia muy bien estructurada, que genera angustia, desagrado, risa, horror y sorpresa a lo largo de todo su metraje. Como buena parte del cine asiático contemporáneo, esta película es difícilmente clasificable como perteneciente a algún género y puede enmarcarse en comedia/thriller/drama/horror.
La cinta cuenta la historia de una familia con hijos adolescentes, los Kim, que vive en un oscuro semisótano en un barrio popular coreano. Ninguno de sus miembros tiene un trabajo formal, roban el wifi de sus vecinos y se las arreglan con pequeñas labores como armar cajas para vender a la pizzería del barrio. Ven la ciudad desde abajo, como cucarachas, y, como tal, son fumigados y soportan las aguas negras de arriba. Esta situación, sin embargo, no los ha hecho resentidos, infelices o conformistas o, por lo menos, así parece. (si aun no ha visto la película, le advierto que, a partir de ahora, esta crítica podría incluir algunos spoilers).

Con altas dosis de humor negro, el tono de la película inicia desenfadado y divertido y nos sentimos ante una comedia de personajes marginales e inteligentes que tratan de sobrevivir con lo que tienen, aspirando siempre a más.  El detonante de la historia viene con la posibilidad que tiene Ki Woo, el hijo mayor, de acceder a un trabajo como profesor particular de inglés de la hija adolescente de los Park, una familia muy adinerada que, en adelante, lo llamará “Kevin”.  A partir de esta oportunidad, los miembros de la familia Kim idean un elaborado plan para “colonizar” la casa Park. Mediante el conocimiento de la forma de vida de las clases altas coreanas, encuentran la manera de ocupar los cargos más importantes de la casa para ir apoderándose poco a poco del lugar y tener una influencia cada vez más grande en ellos. Pero, como dice Gi Taek, el padre de los Kim, todos los planes fallan.
El parásito se aloja en el organismo receptor y no es detectado hasta que afecta la salud del mismo.  De hecho, todos los seres vivos pueden tener parásitos sin saberlo. Esto es lo que ocurre con los Park: siempre han tenido a unos parásitos en su casa pero para ellos han sido invisibles y solo una vez quedaron en evidencia en forma de un fantasma que horrorizó a su hijo menor. Los fantasmas solo existen desde que empezamos a creer en ellos.
El planteamiento de la historia sugiere que las familias de clase alta viven en una puesta en escena permanente en la que ellos son los protagonistas y quienes les permiten lucir siempre bien son los extras, los fantasmas, de la obra. Aquellos que no estorban siempre y cuando sean invisibles, pero que desentonan cuando llegan a arruinarla con su protagonismo. Cuando, en palabras del señor Park, cruzan la línea.
Los protagonistas lucen bien, hablan con palabras bonitas, decoran sus casas con artículos traídos de Estados Unidos y dominan perfectamente el idioma inglés. De allí que, si quieres entrar en su micromundo, debes fingir que puedes “encajar”, una preocupación genuina de la familia Kim, que sueña con estar en el lugar de los Park. Para hacerlo deben hablar inglés (o fingir que lo hacen), llamarse Jessica y no Ki-Jung, ser discretos y poco entrometidos, saber cocinar el plato preferido del niño y, en lo posible, ser invisibles e inoloros.
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La película habla de clases sociales y, a pesar de mostrar radicalmente las diferencias en la forma de vida de ricos y pobres, no se permite ser un panfleto contra los privilegiados y, por el contrario, se burla de unos y otros y de sus idiosincrasias tratando de mostrar aquello que tienen en común.  Todos, a su modo, son parásitos que viven a expensas de los demás. Mientras unos roban la comida de otros y viven escondidos en su sótano, otros les sirven y les cumplen sus caprichos y los demás sienten que, al pagarles, son sus dueños y pueden asignarles tareas fuera de su horario o de sus deberes.
El manejo fotográfico está, como debe ser, al servicio de la historia y es muy interesante notar que el frenesí de los planos y del montaje cambian radicalmente dependiendo del momento de la película, marcando los cambios de género de la narración. Así, los planos serán amplios para mostrar el lujo de la casa Park, cercanos y estrechos para la casa de los Kim y rápidos y en movimiento para las escenas de thriller/horror. Sobresalen, por ejemplo, planos en los que los personajes emergen desde abajo o desde la oscuridad para acentuar el suspenso y contribuir al ritmo narrativo.
El arte hace una contribución fundamental para acompañar también, en colores y formas, los distintos ambientes y la atmósfera de cada momento de la historia y la música hace una contribución fundamental al acompañar las escenas marcando su tono y su género sin llegar a ser invasiva.
Desde un punto de vista simbólico, es interesante el uso del agua como recurso narrativo y, para esto, se hace clave pensar en la escena de la lluvia que arruina los planes de todos los personajes y encamina la película hacia su desenlace. El campamento del niño Park se cancela, pero sus padres deciden complacer su capricho de dormir en una carpa, en su propio patio, en medio de la lluvia. De esta forma, la familia que pretendía disfrutar los placeres de la clase alta tiene que esconderse y no logra percatarse de que su propia casa sucumbe ante las aguas negras de la ciudad. El agua que para unos es diversión y, en muchos casos, un objeto decorativo, puede ser una tragedia para otros.
La puesta en escena definitiva llega con el cumpleaños del niño Park, a quien tratan como a un auténtico príncipe complaciendo al máximo sus caprichos. Ante el nuevo gusto del chico por los “indios” (conocido imaginario norteamericano), sus padres deciden invitar a sus amigos para reunirse en torno a su tienda de campaña y montar un pequeño espectáculo teatral en el que los servidores serán improvisados e incómodos actores que, aunque no quieran participar en el show, deben hacerlo porque “les están pagando”.
El espectáculo montado para la fiesta no saldrá como estaba pensado. El show se transforma en el circo del horror cuando la verdad y la ficción se encuentran abruptamente y cuando, en el momento de mayor tensión, el resentimiento acumulado por años sale por fin a la superficie. Los fantasmas emergen para arruinar la farsa del mundo perfecto.
Magistralmente, la película logra regresar del horror a cierta calma mezclada con algo de comedia para llegar a un final aspiracional, mezcla de fantasía y realidad en el que los parásitos sueñan con convertirse en sus propios dueños para cumplir el ideal del sueño americano (y coreano). De lograrlo, podrán tener sus propios parásitos que trabajen para ellos como fantasmas

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