Érase una vez en Chicamocha

Adiós al amigo es una propuesta contundente de western con sello colombiano. Sin embargo, no se trata de una burda imitación de la estética o la narrativa del oeste americano ni una adaptación de los personajes, la fotografía o la música del Hollywood clásico. Esta propuesta colombiana parte de un contexto similar, en una época más cercana a la original y con ingredientes que la acercan al canon sin perder las peculiaridades de Colombia y la región santandereana.

Detrás de la cámara está Iván Gaona, uno de los directores colombianos que mejor ha logrado consolidar su mirada. La propuesta de Gaona parte de la representación de su propio pueblo, Gúepsa, como un microcosmos en el que los personajes se interpretan a sí mismos y en el que las pequeñas historias se convierten en interesantes relatos que pasan de la vida a la gran pantalla. En Adiós al amigo sale un poco de la zona de comfort para escenificar una trama que ocurre en esta misma región pero 120 años atrás y en la que los intérpretes ya no hacen de sí mismos sino, probablemente, de sus ancestros. Con las dificultades propias de dirigir a no actores, la propuesta escénica funciona en su conjunto y se ha logrado un cierto equilibrio con algunos intérpretes que encuentran un punto de naturalismo, aunque otros puedan sacarnos un poco de la dinámica del relato.

Al igual que una buena parte del western norteamericano, esta historia también surge en la posguerra y es protagonizada por campesinos (vaqueros) que intentan regresar a su hogar. La guerra de los mil días (ocurrida entre 1899 y 1902) es el marco de referencia para una historia ocurrida justo al final de la confrontación y protagonizada por un soldado liberal, una campesina y un fotógrafo que emprenden un viaje por el árido terreno del cañón del Chicamocha con distintos propósitos pero, finalmente, para reencaminar sus vidas, que han quedado en pausa por culpa de la guerra. En el camino encontrarán personajes pintorescos como un conde y su amigo/esclavo afrocolombiano, un oficial que quiere enjuiciar al soldado por traición y hasta el mismísimo general Rafael Uribe Uribe que, como en la vida real, quiere encontrar un camino de paz después de la confrontación fatricida (memorable es su diálogo en el que recuerda a los combatientes que al fin y al cabo todos son campesinos con armas).

La apuesta por el western subyace a la obra de Gaona desde algunos de sus primeros cortometrajes pero emergió con más fuerza en su primer largometraje, Pariente, en el que usa la violencia para narrar una historia contemporánea transcurrida en el campo y con muchos elementos del conflicto colombiano actual. En Adiós al amigo, el director se la juega por una historia de época en la que se ponen en cuestión las dinámicas absurdas de la guerra, los intereses mezquinos y las tensiones que surgen en un entorno hostil. Todo esto lo hace desde una propuesta estética que mezcla con habilidad los planos panorámicos del cañón que enfatizan en las dificultades de la misión de los protagonistas con planos detallados más cercanos al género en los que se profundiza en las emociones de personajes que lidian con la traición y la muerte.

Ciertamente hay presencia del género también en la narrativa, aunque con mayor cercanía al spaghetti western, esa versión italiana que subvierte los códigos de Hollywood para mostrar también personajes imperfectos, penitentes y divertidos. Algo que se valora mucho de esta película colombiana es, justamente, la presencia de lo colombiano en los personajes, representada en la música, el baile, el licor y la diversión y en cierto tono humorístico y sarcástico que juega con clichés del western como la sabiduría ancestral de los nativos o la bondad del hombre blanco. Adiós al amigo se permite jugar con el género, acercándose también a reinterpretaciones latinoamericanas como la del cinema novo brasileño, logrando un buen equilibrio entre el drama de la guerra y sus traumas y momentos divertidos que se burlan a su manera de los absurdos de la guerra.

La propuesta fotográfica alterna una paleta cercana a los colores ocre que nos recuerda tanto al Leone de la trilogía del dolar como al Rocha de los cangaceiros y el sertao con un blanco y negro mucho más cercano a las películas del Indio Fernández de la edad de oro del cine mexicano. La película cuenta con planos realmente bien logrados y un par de fotogramas de belleza pictórica.

A diferencia de su largometraje anterior, Adiós al amigo tiene una música un tanto más universal, compuesta por orquestación de vientos en una banda sonora de tono marcial casi totalmente extradiegética que subraya las dificultades del viaje, las tensiones por la violencia y la rudeza de los personajes protagónicos con algunas buenas canciones compuestas por Edson Velandia, que hacen una buena bisagra entre el western clásico y su versión santandereana. El diseño de producción es impecable en su propuesta visual: desde los retratos de la vieja cámara y las referencias a los inicios del cine hasta el vestuario de combatientes y campesinos de la época contribuyen al realismo de la propuesta que, no obstante y acorde a su tono, se permite jugar también con la ficción histórica. Adiós al amigo es una propuesta de gran calidad visual y sonora, con un mensaje pacifista interesante y personajes que buscan su redención y encontrar un sentido a sus vidas después de un hecho histórico que ha copado sus vidas por tres años y que los ha dejado como fantasmas en medio de la nada. Aplaudo esta propuesta de género que apunta al más gringo de los formatos con un empaque claramente santandereano.

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