Reseña crítica de «Fue solo un accidente» de Jafar Panahi

Hay un director de cine que lleva casi 40 años realizando películas, 15 de ellos con la prohibición de hacerlas. A pesar de que ya ha estado dos veces en la cárcel por tomarse la libertad de contar historias para la gran pantalla, sigue insistiendo en hacer cine en uno de los países con una censura más implacable: Irán. El caso de Jafar Panahi no es, tristemente, el único caso de censura a nivel mundial, pero sí es uno de los más visibles. Su película «El círculo» (2002) fue mundialmente famosa por su denuncia a la situación de las mujeres en su país y, algunos años después, el régimen le prohibió formalmente hacer películas con la amenaza de enviarlo a la cárcel o al exilio, pero Panahi siguió haciéndolas de forma clandestina. De esta forma, llegaron a las salas del mundo películas como «Esta no es una película» y «Taxi Teherán», en donde cambió de oficio para ser un taxista y, de esta forma, filmar una película documental.
Su más reciente producción es una de las que más ha llamado la atención de público y crítica a nivel internacional, ganando la palma de oro en el más reciente festival de Cannes. «Fue solo un accidente» es una historia de dolor y venganza, con altas dosis de humanidad y un grado de realismo tal que, a pesar de su dureza, llega a tener momentos tan absurdos que rozan con la comedia. La película juega con el concepto del «accidente» para explorar la forma en que, desde el azar, los recuerdos y traumas del pasado pueden aparecer en cualquier momento.
Después de un inicio poderoso en donde se materializa el concepto del accidente, mezclado con culpa y reproches familiares, asistimos a una venganza mal planeada e improvisada en donde personas comunes y corrientes ven ante sí la posibilidad de desquitarse de uno de los agentes del régimen que los torturó en prisión. Al dilema de pasar de víctimas a victimarios se suma la duda sobre la verdadera identidad del atacante y los dilemas éticos del uso de la violencia en contra de quien la ha ejercido de forma brutal. Allí aparece un mosaico de personajes tan interesantes como divertidos: un mecánico que detona la historia, una pareja que está a punto de casarse, su fotógrafa de boda y su expareja. Entre todos ellos veremos la gama de posibles reacciones y posiciones: del pacificismo a la brutalidad, de la venganza al perdón, del escepticismo al compromiso. La película no solo reconoce el dolor, si no que cabalga en él para ponernos en el lugar de las víctimas que, pese a estar en una momentánea posición de poder, temen perder su esencia al ejercer la violencia, aun contra alguien que supuestamente la merece y no renuncian a grandes gestos de humanidad en medio de una gran crisis. A pesar de que no es una película neutral, la historia sugiere la metáfora del accidente para preguntarnos también por los victimarios, para cuestionar si quien cumple con su trabajo, a pesar de ser ilegítimo, tiene responsabilidad total sobre sus actos o si los efectos adversos pueden ser catalogadas también como «gajes del oficio».
La cinta tiene momentos conmovedores mezclados con algunos absurdos y otros de incertidumbre y suspenso pero durante buena parte del metraje mantiene una narrativa fresca y naturalista, que solo cambia hacia su desconcertante final, en donde la realidad alcanza a los personajes y su misión. Panahi se posiciona éticamente al no presentar explícitamente la violencia y al evitar enjuiciar a los personajes de la historia, sin importar sus motivaciones o métodos, dando a entender que cada acción puede ser justificada como parte del deber, la oportunidad o, simplemente, un accidente.
El director elige prescindir de la música extradiegética en un intento de mantener el realismo de la historia y de hacer énfasis en los sonidos de la escena que, en algunos casos, aportan elementos narrativos, como pasa con el diseño sonoro de pájaros y cuervos para simbolizar el peligro de las situaciones que enfrentan los protagonistas en un territorio poco seguro. Es allí en donde la realidad y la ficción se encuentran, porque los personajes de la historia corren un riesgo que también están corriendo los actores, filmando una película sin permiso y retando al sistema al filmar a una de sus actrices sin el obligatorio hijab.
Los actores de la historia no son profesionales y, en este caso, aportan gran naturalidad y un tono semi documental que no solo es interesante, sino necesario, al haber sido realizada delante de gente común y de forma clandestina. El ritmo de su actuación es preciso y la puesta en escena naturalista logra encontrar momentos muy divertidos y otros de auténtica tensión.
La crítica directa al régimen iraní parte de las experiencias carcelarias del director pero, sobre todo, de la de muchos de sus compañeros de prisión, que han sufrido toda clase de injusticias y vejámenes por parte de un Estado totalitario y abusivo. «No fue solo un accidente» es mucho más que una película, es un valiente manifiesto de amor al cine y a la libertad, una declaración de rebeldía civilista y pro-justicia, en un mundo en que cada vez este tipo de obras son más escasas.
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Hola Geronimo: Excelente descripcion de esta valiosa pelicula en actual cartelera. Aprecio mucho Tus comentarios. Cordial saludo. Carlos Eduardo Martinez G. cedumartinezg@hotmail.es
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Me alegra que te guste. Gracias por leer.