La casa de los famosos y el regreso de la telebasura

La televisión siempre ha tenido mala fama. Desde Groucho Marx, que afirmaba encontrarla muy educativa porque “cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro”, hasta Federico Fellini, quien sentenció que “la televisión es el espejo en donde se refleja la derrota de nuestro sistema cultural”, las críticas hacia la pantalla chica han sido constantes. A lo largo del tiempo, ha recibido apodos como “la caja boba”, síntesis del desprecio que muchos intelectuales y artistas le han dedicado. 

Uno de los calificativos más emblemáticos fue el de telebasura, ampliamente difundido en los años noventa. Nacido como término peyorativo, fue adoptado para referirse a ciertos contenidos televisivos considerados vulgares, sensacionalistas y de baja calidad moral. Lo que comenzó como una crítica, sin embargo, pronto se convirtió en una fórmula rentable. Bajo esta etiqueta, muchos creadores de contenido lograron enormes beneficios económicos, explotando el escándalo, el conflicto y la exposición del dolor ajeno como espectáculo. 

El término telebasura empezó a circular en España a finales de los años 80 como respuesta al giro que tomaron algunos programas tras la liberalización del sector audiovisual. En lugar de ofrecer formación o información, estos espacios abrazaban sin pudor el entretenimiento más polémico. Desde sus inicios, el término generó debate: mientras algunos lo defendían como una forma de señalar la degradación ética de ciertos formatos, otros lo consideraban una expresión clasista, dirigida a ridiculizar los gustos de las clases populares. Para evitar malentendidos, vale la pena aclarar que no se trata aquí de despreciar el entretenimiento popular ni a quienes lo consumen. La crítica apunta a los contenidos que, siendo conscientes de que se alimentan del morbo y el escándalo, los exacerban para obtener mayores réditos comerciales. 

En Estados Unidos, The Jerry Springer Show llevó el talk show a un nuevo nivel de escándalo. Lo que comenzó como un programa de entrevistas terminó como un espectáculo de golpes, insultos y confesiones explosivas. La respuesta del público fue apabullante: en 1998 alcanzó su pico de popularidad con más de 11 millones de espectadores por episodio, superando incluso a Oprah Winfrey.  En América Latina, formatos similares adaptaron el modelo: CristinaGeraldo y especialmente Laura en América recurrieron al conflicto, la exageración y la violencia verbal como mecanismos de atracción. Aquí, sin embargo, el componente clasista fue más evidente: muchos de estos programas caricaturizaban a personajes de las clases populares, ridiculizando sus condiciones sociales o emocionales, en nombre del entretenimiento. 

En Colombia, la lista de programas con estas características es larga: desde Nada más que la verdad hasta Protagonistas de novela y La casa de los famosos. Este último, cuya nueva versión está al aire, es un ejemplo contundente de cómo se sigue premiando la polémica sobre el talento. Sus participantes, en muchos casos, alcanzan notoriedad más por escándalos mediáticos que por méritos profesionales y sus polémicas participaciones en el formato pasan a ocupar las redes sociales y los medios tradicionales convirtiéndose en una máquina indeseable de chismes. El reality, como formato, está basado en el conflicto, pero cuando ese conflicto se vuelve vulgar, violento o discriminatorio, y se amplifica por televisión abierta, se convierte en una herramienta de legitimación del deterioro social. 
Aunque el auge de Internet desplazó a la televisión tradicional, los mismos mecanismos que popularizaron la telebasura migraron a las redes sociales, donde el conflicto, la humillación y la agresión siguen generando vistas y monetización. La telebasura es un legado incómodo de una época que, si bien trajo innovaciones importantes en términos de libertad de expresión y diversidad de formatos, también instaló la lógica del “todo vale” para captar atención. Ya es hora de cuestionar ese modelo, y de recuperar la exigencia crítica como espectadores, porque, más allá del rating y la viralidad, hay una frase que sigue vigente y que conviene repetir: “Stop making famous stupid people.” 

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