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Despachados y vulnerables

Despachados- Hombre Mono

Despachados- Hombre Mono

Hay obras que no acaban cuando se terminan.  Pasa con algunas novelas, obras de teatro o películas que después de la palabra fin o el aplauso final, realmente empiezan.  Esta es la sensación que me quedó con la obra de teatro “Despachados” escrita por Samuel Pinazo y dirigida por Quique Mendoza en el espacio alternativo Hombre Mono. Un día después de verla sigo pensando en el inteligente texto escrito por Pinazo y la propuesta escénica de Mendoza en una representación que deja muchos implícitos que hay que pensar con calma. 
La sensación que cada espectador puede sentir al ver la obra puede ser muy diferente, pero llama la atención que el público se encuentre inmerso en el mismo escenario de la acción: una estrategia del teatro contemporáneo que borra la frontera entre público y actores sin infringir la norma de la cuarta pared.  De esta forma, los espectadores hacen parte del escenario y no sienten que están viendo un espectáculo, pues ellos mismos son también el espectáculo. 
La obra está realizada en modo de thriller y vamos asistiendo a una trama de intriga, en donde los textos enmascaran las verdaderas intenciones de los personajes.  Lo interesante es que, como hacía el maestro Hitchcock, varias veces ocurre que una sola acción cambia por completo la trama y nuestra comprensión de la misma.
Cada uno de los personajes tiene radicales cambios de emoción y sentimiento que se ven reflejados en su manejo escénico y que van desnudando su personaje hasta mostrarnos nuevas capas.  Esto solo se logra con una interpretación convincente y una dirección acertada que logre generar intimidad entre los actores.
Alejandro Aguilar nos ofrece una interpretación muy convincente en un personaje entrañable que pasa con facilidad de la agresividad más intimidante a la vulnerabilidad de un niño; Quique Mendoza (director e intérprete) va despojándose de capas, pasando de la pose institucional a su más vulnerable humanidad.  La gran incógnita se presenta con el personaje de Iván Jara, que atraviesa la obra como un fantasma que está presente también cuando no está.
Durante el desarrollo hay momentos de gran tensión matizados con algunos de humor negro, en una puesta en escena en donde los únicos efectos especiales se relacionan con la actuación y los puntos de giro, que hacen que vaya de menos a más y que el público pase de tener un contacto casi ascéptico con la obra a involucrarse siendo cómplice de la trama policíaca que la obra presenta.
En definitiva, se trata de una propuesta interesante, con mucho contenido, que no se logra captar completamente en el momento mismo en que lo estamos viendo.  Como dije al principio las buenas obras, como los buenos vinos, tienen un sabor diferente en cada trago.

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Categorías:Mis Artículos
  1. Aún no hay comentarios.
  1. 09/11/2014 en 12:54 AM

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