El profe

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Febrero de 1997.  Después de pasar una noche con largos intervalos de vigilia, escucho por fin el despertador. Aun es muy temprano (4:30 am) y la ansiedad se siente en la oscuridad. Me pongo un pantalón, una camisa formal y una corbata que creo que me hace ver mayor a mis 21 años, pero en realidad parezco el invitado a una fiesta de 15.  Empacó mis notas de clase y las listas de estudiantes en un maletín de Yanbal, que me regaló mi mamá que por esos días vendía cosméticos.  Y así, disfrazado de señor, salgo a la calle para dirigirme a mi primer día de clase.  Viéndolo bien, no es raro que ahora me dedique a la docencia: mi abuela lo fue, al igual que sus nueve hermanos, mi mamá siempre lo ha sido y hasta mi papá no solo da clases en una universidad, sino que disfruta dando cátedra a todos los que conoce.
Después de un largo trayecto en metro, en el que repaso lo que llevo un mes preparando, entro a la sede del Tecnológico de Antioquia, en Itagüí, y veo en la cafetería a un grupo grande de estudiantes conversando mientras esperan a su profe.  Seriamente me dirijo a mi aula, prendo la luz, pongo el maletín de Yanbal sobre el escritorio y con nuevos aires de adulto espero a que los estudiantes ingresen al aula.  Uno a uno entran y saludan con mirada incrédula, pero respetuosa.  Veo que muchos de ellos tienen la edad de mis padres y algunos más jóvenes “solo” me llevan unos diez años. Superando los nervios iniciales, pienso que esto no debe ser más difícil que coordinar una reunión scout y empiezo a hablar de fotografía mientras mis nuevos alumnos toman nota.
Una semana después, un señor alto y de bigote espeso me pide que por favor le reciba un trabajo extratiempo.  Con la seriedad de mi nuevo status le digo que debe poner más atención a las fechas en el futuro.  En mi interior pienso: “Esto debería ser al revés”.
Un par de años después estaba en mi primera reunión de profesores de la Universidad de Medellín (a la que casi no me dejan entrar, pensando que era un estudiante) cuando el Vicerrector de entonces nos dijo: “El tiempo pasa rápido, hoy algunos son más jóvenes que sus estudiantes y en un abrir y cerrar de ojos tendrán la edad para ser sus padres”.  Ese momento está cerca.
Hace 20 años tuve mi primera clase en una universidad y desde ese día no ha pasado un semestre sin que me pare en un aula frente a un grupo de estudiantes para hablarles de toda clase de temas relacionados, por supuesto, con mi gran pasión: el mundo audiovisual. He hablado de dramaturgia a futuros productores audiovisuales, de expresión oral a relacionistas públicos, de televisión a publicistas, de cine a realizadores y hasta de ortografía a ingenieros agropecuarios.  Han sido muchos los estudiantes que han pasado por mis aulas y algunos de ellos se han convertido con los años en mis amigos y respetados colegas. Algunas caras conocidas y otras no tanto suelen saludarme en la calle, un centro comercial, un festival de cine o en redes sociales y no es rara la ocasión en que alguno de ellos me dice: “Profe, vi una película y pensé en lo que usted alguna vez nos dijo” o “esta semana apliqué algo que usted nos enseñó”…¿alguien me puede decir si se puede tener una mayor recompensa”.
Quien haya sido docente universitario sabe que este no es un oficio para ganar mucho dinero, pero sí para ser rico.  Hoy, 20 años después de mi primera clase, me siento rico en experiencias, anécdotas, satisfacciones y aprendizajes.  La mayor riqueza, por supuesto, ha sido conocer tantas personas en tantos lugares diferentes. Desde mis inicios en el Tecnológico de Antioquia, he dado clases en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid, la Universidad Lasallista y, sobre todo, la Universidad de Medellín y la Universidad de La Sabana (9 años en cada una).  Pero, además de mis alumnos formales de todo un semestre, he podido impartir talleres y conferencias a estudiantes y colegas de ciudades tan distintas como Cartagena, Cúcuta, Coatzacoalcos, Guadalajara, Montevideo, Madrid, Sao Paulo, San Salvador, Quito o Sacramento, entre muchas otras. Algo he enseñado, pero sobre todo mucho he aprendido gracias a mis estudiantes y colegas docentes.
Cuando empecé en la docencia tenía colegas que me preguntaban: “¿ah, entonces no estás ejerciendo la comunicación?” y a mí me molestaba.  Hoy puedo decir que no he encontrado una manera más bella de ejercerla y que, además de prepararme también como educador, he logrado abrir puertas para ser docente de muchas personas que no conozco físicamente, por medio de mis publicaciones.
El famoso tango dice que veinte años no es nada…es verdad.  Veinte años pasan volando y traen en un suspiro muchos momentos que quedan como imágenes guardadas en mente y corazón.  Solo espero que sean más de veinte los años que aun me queden al frente de un grupo, hablando y tratando de transmitir mi pasión por lo que hago hasta que un día pueda ser digno de ser llamado “maestro”.

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