El papel del cine colombiano en la escena latinoamericana

Con gran felicidad comparto con ustedes que mi nuevo libro (¡el sexto!) está en este momento en imprenta y muy pronto realizaré su lanzamiento oficial en la ciudad de Bogotá (espero presentarlo también en otras ciudades, escucho ofertas jeje).
Con motivo de la presentación de este nuevo libro, comparto con ustedes la introducción, para que se animen a leerlo. El libro será publicado por el sello editorial de la Universidad de La Sabana y cuenta con el prólogo de Julián David Correa, escritor, realizador audiovisual, gestor cultural y actual Director de Cinematografía del Ministerio de Cultura de Colombia.
Esta es, entonces, la introducción de mi nuevo libro:
Libro cine colombiano

El cine colombiano es una categoría casi invisible y difícil de definir. En el concierto del cine latinoamericano, el cine colombiano escasamente ha tenido presencia, como puede verse en los tratados sobre el cine de la región escritos antes de la década de 1980 donde a Colombia se dedican escasamente unas cuantas líneas. Brasil, Argentina y México se erigen como los grandes referentes latinoamericanos, a pesar de que en el ámbito internacional no tienen tampoco un papel preponderante. La fuerte influencia de la industria de Hollywood y sus implicaciones sociales, históricas y culturales han tendido a borrar las marcas de identidad y a distraer al público internacional sobre la importancia del fortalecimiento de las cinematografías locales en la construcción de los conceptos de nación.

Este libro surge de los estudios preliminares para la realización de mi tesis doctoral entre 2013 y 2018. En un primer momento, mi interés fue el cine latinoamericano y las representaciones del heroísmo presentes en los relatos más sobresalientes de las cinco cinematografías contemporáneas más sólidas de la región: México, Brasil, Argentina, Chile y Colombia. A medida que avanzaba el proceso investigativo, fui descubriendo lo inabordable del objeto de estudio planteado y la necesidad de precisar el foco hacia un tema más específico y concreto, aunque igualmente indefinido: el cine colombiano.

Desde 2005 he investigado el cine colombiano para sugerir un par de conceptos que hoy emergen nuevamente en este nuevo libro: el nuestro es un cine sin memoria y en permanente renacimiento y estamos en una fase adolescente del desarrollo del cine nacional. Sobre lo primero debo decir que en Colombia se ha hecho más cine del que se cree y se ha investigado mucho más de lo que parece, pero carecemos de memoria, lo que se explica en la constitución tardía de importantes organismos como Patrimonio Fílmico Colombiano y la promulgación reciente de políticas de patrimonio audiovisual; también en el hecho de que investigadores, críticos, académicos y, sobre todo, el público general, desconocemos buena parte de la filmografía nacional y de lo que de ella se ha escrito y analizado.

Con respecto al estado de desarrollo del cine colombiano, es importante señalar que durante mucho tiempo se hacía referencia a un cine “en pañales”, demasiado incipiente e inmaduro para surgir y delimitar señas de identidad. El nuevo siglo, sin embargo, ha cambiado de manera radical el panorama al permitir que se realicen más películas en menos de dos décadas que en todo el siglo XX y que el cine colombiano llegue a espacios antes reservados solo para cinematografías más sólidas. La evidente transformación del campo audiovisual que ha dado pasos hacia la constitución de una industria cinematográfica, el apoyo del Estado a partir de nuevas políticas públicas y la profesionalización de un sector percibido cada vez más como relevante han sido fundamentales para que hablemos hoy en día de un cine que, si bien no ha llegado a su madurez, podría considerarse como adolescente.

Un adolescente es alguien que aún no se define claramente; se siente adulto, pero lo tratan como a un niño, un día tiene una idea genial y al siguiente la más desatinada, se esfuerza por demostrar que sabe y puede hacer más cosas de las que él mismo cree, se avergüenza de los cambios que experimenta y todo el tiempo se está comparando con los demás. Aunque no lo demuestre, el adolescente siempre espera la aprobación de los demás… Así parece ser el cine colombiano hoy. (Rivera, 2014, p. 131)

México, Argentina y Brasil son países hermanos latinoamericanos que han tenido una profunda influencia en la cultura colombiana. De ellos, sin embargo, México ha sido el que más referencias ha instalado en nuestra cultura popular hasta el punto de que muchos años se dijo que los colombianos de clase alta soñaban con Londres y París, la clase media con Miami y las clases populares con México. En nuestro imaginario colectivo, se encuentra la música de Pedro Infante, Jorge Negrete y José Alfredo Jiménez; las telenovelas con Verónica Castro, Victoria Ruffo, Lucerito o Thalía; los cómics sobre El Santo, Memín o Kalimán; los programas de televisión de Chespirito y su “chanfle”, “síganme los buenos” y “es que no me tienen paciencia”; las películas de Cantinflas, La india María y Capulina; la lista es innumerable, y muy posiblemente más potente en nuestros afectos que muchos símbolos colombianos de la misma época.

Muchos niños colombianos nacidos antes de 1990 solíamos asociar lo típicamente colombiano con íconos como Chespirito, Cantinflas y Pedrito Fernández. Algunos crecimos con la música de Palito Ortega, Roberto Carlos, Leonardo Fabio y Leo Dan. En las fiestas de 15 años se escuchaban, además del exótico vals de la quinceañera, los acordes a todo volumen del grupo de mariachis que también hacía presencia en matrimonios, serenatas, aniversarios y hasta bautizos. Nuestros abuelos lloraron la muerte de Gardel y en Medellín, mi ciudad natal, aún se rinde culto a su vida y se llora su trágica y prematura muerte, ocurrida casualmente en el aeropuerto de la ciudad hace más de ocho décadas.

Las películas colombianas que recuerdo de la década de 1980, en la que viví buena parte de mi niñez, mezclaban la representación del folclor e idiosincrasia colombianas con narrativas y apuntes humorísticos tomados del cine mexicano, y no es gratuito que en las principales ciudades colombianas existiera al menos un teatro que proyectara exclusivamente películas de ese país (en Cali, Medellín y Bogotá había salas llamadas Cine México).

La producción cinematográfica colombiana descendió drásticamente en la década de 1990, pero, paradójicamente, varias películas tuvieron un gran impacto mediático y muy buen voz a voz. Muchos hicimos largas filas en las salas de cine del centro para ver La estrategia del caracol (Cabrera, 1993) y conversamos con nuestros amigos sobre películas que nos impactaron ese mismo año como La gente de la Universal (Aljure, 1993) y Confesión a Laura (Osorio, 1993).

Hasta 1985 las cámaras de la televisión colombiana registraron un país imaginado desde Bogotá, cargado de estereotipos y prejuicios regionales. La mirada central hegemónica invadía las pantallas e impedía que los colombianos conocieran las distintas regiones del país e, incluso, su propia región. La creación de Teleantioquia, primer canal regional de Colombia, permitió que los antioqueños pudieran verse en la pantalla, reafirmar sus valores culturales y contar sus propias historias a través de la televisión. La experiencia fue rápidamente replicada en otras regiones y, poco tiempo después, se inauguraron Telecaribe, Telepacífico y Telecafé. Hoy Colombia tiene más de cincuenta canales regionales y este impulso de la televisión ha redundado positivamente en el aumento y en la formación de nuevos realizadores de los distintos rincones del país.

A inicios de la década de 1990 solo existía un programa profesional de cine en Colombia (el de la Universidad Nacional), hoy hay programas de formación en cine, comunicación y distintos campos del audiovisual en muchas ciudades del país y, además, una gran cantidad de colombianos adelantan estudios fílmicos en países como Argentina, España y los Estados Unidos.

A lo largo de mi carrera como investigador del cine colombiano he descubierto que no se puede hablar de nuestra cinematografía sin hacer referencia a las influencias de países como México, los Estados Unidos, Francia e Italia. El cine colombiano es un conjunto de películas realizadas en esta esquina de Suramérica que, a pesar de múltiples inconvenientes históricos, se ha realizado de forma irregular por más de cien años. La falta de una voluntad política más allá de los partidos, los intereses comerciales y la inconsistencia en la producción no han permitido el establecimiento de una tradición seria y los orígenes e identidad de nuestro cine pueden rastrearse en la influencia de movimientos internacionales como el neorrealismo italiano y la nueva ola francesa, y en hitos históricos como la edad de oro del cine mexicano y el cinema novo brasileño.

La crisis de la década de 1990, extendida en casi todos los países latinoamericanos, llevó a una nueva colonización del cine de Hollywood que llegó para quedarse y desplazar otras voces, otras miradas y otras narrativas. El cine europeo es escaso en nuestras salas y es muy poco usual que una película asiática o latinoamericana llegue a la cartelera comercial. Los festivales y algunos circuitos alternativos son hoy casi la única manera de acceder a un cine que trascienda los efectos especiales y las historias para adolescentes.

Después de la promulgación de la Ley 814/2003, de 2 de julio, el cine colombiano ha experimentado un inusitado avance y un enorme crecimiento en la producción de películas. Más allá de la calidad irregular de los filmes, es notable la aparición de muchas voces y nuevas historias, la exploración de géneros y la descentralización de la producción cinematográfica a todas las regiones del país. No obstante, el crecimiento de las últimas décadas ha sido irregular, y aunque las cifras de producción de películas colombianas son inéditas, la respuesta del público y las oportunidades de exhibición y distribución son altamente preocupantes.

El cine colombiano ha fortalecido su presencia en el entorno latinoamericano, y aunque es casi invisible en el contexto mundial, se consolida como un líder en la región y como la cinematografía con mayor crecimiento de las últimas décadas, debido, en muy buena parte, a la nueva legislación cinematográfica y a su ubicación estratégica entre el norte y el sur de América Latina. Como señalé, el cine colombiano ha superado su niñez y asiste hoy perplejo a su adolescencia: una época de transformación, de contrastes, de dudas y cambios de humor. De la forma como afronte este periodo, dependerá que algún día hablemos de la madurez del cine colombiano.

Este libro está dedicado a los quijotes colombianos, hombres y mujeres cineastas que, históricamente y contra todo pronóstico, han dedicado parte de sus vidas a contar las historias de nuestro país para permitirnos conocerlo y conocernos mejor.

Jerónimo Rivera Betancur
Mayo de 2019

Anuncios

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. sergio becerra dice:

    Hola Jerónimo. Felicitaciones! Pero no veo el libro en la web de la universidad ni en google books. Lo ví en la lerner, pero mientras lo compro, me puedes decir cuántas páginas tiene? Gracias
    Sergio Becerra

    1. Estimado Sergio, muchas gracias por tu interés. Aun no está en la página porque apenas salió de la imprenta la semana pasada. Estoy pendiente de programar un lanzamiento en la Cinemateca al que, por supuesto, te invitaré. Recuérdame tu correo por favor. El libro tiene 244 páginas. Un abrazo.

Responder a Jerónimo Rivera Betancur Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s