Despedida para un eterno niño de un gigante corazón

71306800_10158796245358362_5788534966228877312_nEstimado amigo, o ¿debo decir “¡Hola perro!”?, las formalidades nunca se dieron entre nosotros y una de las cosas que siempre valoré de nuestra amistad fue saber que ir a saludarte en Medellín era reencontrarme con mi amiguito de la niñez, con quien siempre podía hacer chistes tontos y dejar atrás las máscaras y roles que asumía en mis otros espacios.
Por muchos años no ha sido posible hablar de Yero sin Carlos y el Mono y muchas veces les dije a los dos que, para mí, ir a Medellín sin verlos era como no volver a mi ciudad. Tristemente, la próxima vez los tres ya solo seremos dos, aunque tú nunca te irás realmente pues tantos recuerdos no se esfuman como polvo en el viento. Yero, Carlos y el Mono para los demás; el literato, el Mono y Toche para nosotros. Como literato, que más que un apodo siempre he considerado un honor que me hicieron mis amigos a los doce años, siento que no puedo despedirme de ti de otra forma distinta a dedicarte unas palabras.
La primera vez que nos vimos, tú me contabas con una gran sonrisa que habían usado mi pañoleta para ascenderte en los scouts.  Torpemente te dije que me la devolvieras y tú no perdiste oportunidad para reclamarme por ese hecho infantil durante más de 30 años.  Esa anécdota, completamente insulsa, marcó el inicio de nuestra amistad y la relación que siempre tuvimos en la que yo era el hermano mayor serio y aconductado y tú eras el hermano menor imprudente y divertido. Nunca fuiste prudente, querido amigo, pero aun así te confesé todos mis secretos, pues el riesgo de que en algún momento los contarás valía la pena si podía compartirlos con mis dos mejores amigos.
Nuestra adolescencia la compartimos como un par de buenos hermanos. Fuimos juntos clandestinamente a nuestro primer bar, te enseñé a bailar, conmigo te tomaste la primera cerveza, hablamos de mujeres y fuimos paño de lágrimas, paseamos en Prosocial con el Mono y nos celamos cuando nos gustaba la misma chica, hicimos el video institucional más largo de la historia como excusa para rumbear cada fin de semana en El Carmen, nos paró la policía y sufrimos sustos en esa convulsa Medellín de los noventa y muchos más momentos que nunca volverán pero siempre quedarán.
En nuestra vida adulta nunca dejamos de ser los mismos. El ingeniero Cadavid, el abogado Arango y el comunicador Rivera eran los mismos tres fantoches de siempre al calor de los chistes repetidos y las anécdotas de siempre, de las cervezas bien frías y de la carnita asada por el Mono mientras escuchábamos el rock de Yero y la salsa del Mono. “El jardinero” de Wilfrido, “Pegaso” caballito real, “The final countdown” que pedías hasta desesperar a los locutores de las emisoras y todo el rock ochentero, hicieron parte de la banda sonora de nuestras vidas. Es lindo y significativo saber que ayer, en tus últimos momentos, el Mono se acercó para decirte al oído que te desprendieras con tranquilidad de este mundo y que, después de ponerte “Pegaso”, decidieras desplegar tus alas.
Tu partida es dolorosa pero también el alivio de un cuerpo que poco a poco fue consumido por ese implacable monstruo que se apoderó de ti y que nubló la tranquilidad de tus familiares y amigos y sé que lo que más te retuvo en este mundo fue la sonrisa del amor de tu vida: Estefanía, esa pequeña que hoy se ve privada de un padre amoroso que siempre fue un hermano mayor juguetón, pero que también tiene muchos tíos que estarán pendientes de su bienestar.  En tus últimos meses te sorprendiste de saber que tanta gente te quería y se expresaba solidariamente con tu condición, pero el único sorprendido fuiste tú; para todos era lógico que una persona tan buena y noble no podía despertar otros sentimientos.
Amigo, hermano, tu partida deja un vacío imposible de llenar. Contigo se va parte de nuestra vida y las cosas nunca serán iguales, pero vete tranquilo sabiendo que tu compañía fue un regalo para nosotros.  Nuestro chat de tres, ahora será mi canal privado con el Mono, pero tú nunca dejarás de estar en los recuerdos y en nuestra vida común compartida.  La vida nos dio la oportunidad de tener una larga despedida para decirte muchas veces, superando el machismo de nuestra adolescencia, “te quiero mucho”.  Amigo del alma, te quiero inmensamente. Descansa en paz.

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